kronos
MÓNICA GAMEROS
INTRO
00:00
[¿Quésss
el tiempo?]
¿Quésss
el tiempo?
sino
un arma de control,
un
arma de manipulación y poder,
de
preocupaciones inventadas,
de
mortalidad inevitable.
Si el tiempo es aterrante para los
micro-organismos
que
resultamos ser en la composición de la galaxia...
¿Qué demonios nos hace ocuparnos del
tiempo,
como
si en verdad existiera?
Como
si en verdad pudiéramos matarle,
gastarle,
derrocharle,
manipularle.
¿Quésss el
tiempo?,
si no una e
x t r a ñ a obsesión al
r e c u e r d o
y
una mortal adicción a la nostalgia.
¿Quésss el
tiempo?
si
no la cuenta regresiva de nuestra
muerte…
de
nuestro olvido,
de
nuestra extinción,
de n
u e s
t r a
n a
d a .
. .
00:01
[Melancolía]
Te tenía tan lejos que anhelaba tu quijada;
alargada,
ensanchada, disuelta;
clavada en mi
cuello;
exprimiendo
mis senos.
Veo, entre los recuerdos que archivé de ti,
el ombligo
desierto, insípido y seco
que me regalabas cada 27
horas.
Extraño no penetrarlo con la humedad de mis palabras,
y me invade la
nostalgia de lo que nunca hemos planeado.
Por acto reflejo, sé que echo de menos
escuchar los
borbotones en tus flancos;
sentir la
cascada de tu saliva;
ahogarme entre
las risas con las que celebrabas tus deseos.
Sentada frente a las hojas,
mis dedos se
intimidan con la tinta que plasmo en mi diario,
pero las
palabras se quedan y a pesar de ser pecaminosas,
las recibe tu
ombligo abandonado en el colchón,
y muy serio,
las absuelve sin condiciones.
La nostalgia de tu quijada me amarra a la cama;
tu mirada
insiste en verme como la virgen que nunca fui.
Yo sonrío y entiendo que eres un tonto.
Me despido de ti y te saboreo por última vez.
Tú, ansioso, casi adivinas lo que hago,
pero sin
seguridad alguna y por si acaso,
me clavas con
tu saliva y remachas mis andanzas,
con
tus deseos cantados al alba;
como en una
poesía maldita,
como en una
mentira hecha promesa,
como en una plegaria
inútil.
Por mi parte, he dado vuelta a la pieza con que te atraía
pues
te he dado jake mate;
y en medio de
tu mar egocéntrico,
te
aferras a la torre de tu soledad,
al
rascacielos de tu abismo,
e inútilmente,
te niegas a perder esta batalla.
No te haz dado cuenta que ambos hemos sacrificado nuestros
imperios.
No te haz dado cuenta de que por ti y por mí, es que llevo
luto.
Morbosos, arrodillados sobre un mar rojo;
miramos los
restos del cadáver de nuestro idilio,
tirado,
desecho,
como
un harapo desgarrado,
v
e n c
i d o
…
Al final, nos tomamos de las manos;
nos sabemos
culpables,
y enmudecidos,
no buscamos
justificación a nuestra insensatez.
Sólo somos los asesinos
maniaco-depresivos
que le han
matado.
00:02
[Santa]
Buscas con caricias arácnidas la vulva de mi centro;
ahí, dejas al descuido tu agriedad
suave
y besas la
palidez lunática de mi rostro.
Ríes como quien conquista la locura, mientras revuelves mis
memorias.
Hurgas como un
depredador hambriento;
encuentras una
de mis fotografías
y te burlas de
que falsamente parezco una Santa de estampita.
Después encuentras mis escritos, tus ojos se desorbitan del
asombro…
¡Que orgía!, gritas,
y eso que llamamos tiempo
se desgaja
ante el derrame cerebral de tu angustia.
Revisas con vocación, como un ginecólogo,
en todos mis
papeles,
en todos mis
recuerdos,
en todos mis
escritos,
y gritas
obsesivo, dos, tres y hasta diez veces, que me amas.
Yo escucho tus gritos mientras en el espejo humeante,
veo otra de
mis cien mil vidas.
Me observo en otra dimensión paralela.
Lejos de ti, me encuentro frente al mar,
las olas tocan
una sinfonía especial para mi
y me pregunto
cuándo entenderé que ese placer,
extenuador y
asesino,
es la reencarnación
y la amnesia, la soledad y el júbilo.
En esa tierra paralela, la brisa marina me besa igual que tu
boca.
Guiada por tus frases pirateadas de un anciano juglar,
sigo tus
huellas en la arena, y me hallo junto a ti.
Ambos estamos sobre las rocas,
amándonos
impúdicos,
lascivos y despreocupados
de la luna vouyerista.
Por mi parte, me he enredado en tu cuerpo
como la planta
de mi madre lo hizo
con la columna
del patio trasero.
Me sostengo y gozo del tiempo que me das;
gozo
de ese tiempo que se va a terminar.
Tú dices que parezco una Santa de estampita, con la seguridad
de un científico ateo.
Yo, soy un grano de arena flotante;
una hilera de
estrellas muertas,
un resplandor
artificioso.
Soy un demonio que te pone sobre las brazas para devorarte.
Trato de amarrarme a un coral con la intención de no hacerte
daño,
y entiendo que
el daño ya está hecho,
que no hay
solución,
que no habrá
absolución,
que todo ha
terminado.
00:20
[Tres soles, dos lunas]
Tu noche no termina con el sueño húmedo, que tuve con la luna.
Tus lamidas siempre duran más que la eternidad y por eso,
estoy
segura de que si tu luna fuera la mía,
tu
saliva, a flor de labios, sería un gran desierto.
Obseso, reseco, me estrujas sin piedad.
Haz decidido desvirgarme, de nuevo en cada intento,
sólo
para no sentir la invasión de tu territorio,
lo
que es lo mismo,
la
invasión de mi cuerpo.
Obedéceme...
Mejor acuéstate de lado,
boca
arriba te cae polvo en la mirada,
de
espaldas se te seca el amor en la médula
y
agachado, a cuatro patas,
no
dejas de aullar.
Pero antes de dormir, déjame dos besos distintos en la boca;
sorbe
a tragos la luz y el tiempo,
y
dibuja ridículos corazones cruzados en la pared.
Por las madrugadas, cámbiate las escamas de cada noche,
por
que estoy cansada de tu hedor…
Silenciosa, me cuido de que no leas mis pensamientos y
me
obligas a retejerme entre tus brazos.
Sé que al amanecer, veremos caer la lluvia que nos deprime
y
nos rejunta como caracoles en celo,
y
que una vez terminada la tormenta que nos afloja el ánimo,
el Sol se asomará a nuestra
habitación para supervisar
que seguimos intentando dar cabida en mi vientre a su
hijo.
Mas, por ahora, dedico las horas a caminar sobre las arrugas de
tus ojeras
y
descubro mi rostro en el espejo de tu mirada.
De ti sólo espero que me evapores de nuevo en tu ácido
para no tener que limpiar el
parabrisas de tu apática sonrisa,
de esa media luna que te protege del
dolor,
de su forma y de su existencia.
Sólo espero que me evapores de nuevo en tu ácido,
para no lavar la vana ilusión en que
te haz metido.
¿Porqué no me sorbes en tu tasa de té?
De todos modos
sigo frente a la ventana de tu cuarto,
observando
niños tocando niñas,
ancianos
patriarcas acariciando sus manos,
perros
lamiendo gatos.
Bajo el sol, vuelve a las dunas de las almohadas,
y ahí,
enamórame como el viento lo hace con la rama.
Deja de interrogarme, por que ya no sé quien soy,
ya no sé si
hablo tu idioma,
ya no sé si
puedo esperar de ti algo más que la cura del cáncer,
algo más que
la vacuna contra el sida,
algo más que
tus críticas sin fundamento.
Sólo dime, ¡Contesta!,
¿Qué me has
hecho?
Por que ya no
creo en tus palabras…
Por que tus
promesas me suenan a mentiras en rima,
a canciones
gastadas, a comerciales idiotas
que venden un
segundo de felicidad barata y simple.
Sólo dime,
¡Contesta!
¿Qué me has hecho?
00:45
[Prohibido amar]
Tus palabras gotean como agujas sobre mis pestañas
y ciega,
pierdo los pasos,
tropiezo con
el cielo.
Me ahogo en el abismo de tu apatía
y tú sigues
rencoroso,
el registro
del cronómetro de mi orgasmo.
En tanto, la ansiedad en espera de tu voz,
se atormenta y
se lanza contra las paredes de mi casa;
quiere la
dolorosa libertad del mundo,
pero no sabe
como conquistarla y mejor le pongo la camisa de fuerza,
para no
escucharte en tu dictatorial y necia desconfianza.
Mutilo mi respiración en un ataque de ira,
y es entonces,
que en el primer destello del alba,
te vislumbro
junto a mí
y siento que
la cordura vuelve sin aviso previo.
Es en ese instante, que la tensión ya me aflojó los huesos,
se han
transmutado en conchas de mar pendiendo
de hilos,
y estos,
como mi alma,
se mecen con
el ulular del viento.
Harta de ti, de tu estúpido temor al dolor,
me permito
descansos que luego, obsesiva, me reprocho,
por que me
llevan a la derrota de la batalla contigo.
Quiero levantarme de la cama donde me posees,
pero cada
movimiento parece imprudente por que te amedrento.
Te veo pasar de largo por la espiral que va al cielo sin
inmutarte.
Tus
manos agrietadas me desollan,
tu mirada de
retiro espiritual me censura
y
tus labios de vendimia
me duelen.
Tu saliva jugosa, venenosa y adormecedora,
me
emborracha y me provoca vértigo.
Quiero levantarme de la cama donde me posees,
y al filo de tu puerta, una inscripción advierte:
“Prohibido
amar”,
mientras en la
pared de tu cabecera, cuelga un Cristo torturado,
quien sangra
agonía y le canta al placer del martirio,
llora y piensa
en su muerte anunciada,
al unísono de
mis jadeos en el altavoz.
Vuelvo a leer “Prohibido amar”, justo sobre la
puerta,
junto al
Cristo torturado que nos mira y nos odia
mientras
fornicamos sin pensar en su sacrificio.
Tu cuerpo aprisiona el mío;
tus ojos
pierden esa mirada de malicia.
Te he hipnotizado con mis jadeos de sirena
y tus labios
me besan para no dejar escapar tu voz en palabras.
Fracasas en el intento de censurar tu garganta;
pierdes el control mientras me acribillas.
Gritas y juras que no me dejarás ser de nadie más,
Ni siquiera
mía…
Cristo, torturado, se burla de ti a carcajadas,
Tu lengua desatada, se amotina contra tu mente desconfiada
y pierdes el
control frente al inconsciente
que
te hace hablar como un dictador frente a la
masa esclavizada.
Por cierto, tus palabras no son
“Prohibido amar”
y es entonces
que te ahogas en demagogia ante la aterradora verdad de mi partida.
00:59
[Ma-Ña-nA]
Las primeras horas del día provocan el despliegue de mis alas
que, humedecidas por el llanto del alba,
resultan inútilmente brillantes e inadecuadas, para sostenerme
en el vuelo y desisto de las ansias de
huir,
de salir
volando por el orificio de tus lagrimales,
de salir
huyendo de tu tristeza,
de escapar de
las cadenas de tus recuerdos que no me dejan seguir,
que me atan y
me condenan a vivir contigo
ausente, vacío,
seco.
Una vez despierta sobre la nube de tu olvido,
me incinera el
corazón la búsqueda de tu pecho,
y en un
suspiro,
me trago tu
aliento,
respiro tus
latidos,
siento tus
olores entre mis sueños.
En el eco de mis sueños, mezclados con el temor que destilan
tus pesadillas,
te quiebro la sonrisa en mil pedazos,
en mil partes
de ti que se hacen un millón,
en miles de
astillas que me desangran hasta la muerte,
una y otra
vez,
como las
noches de insomnio en las que, entre sueños,
vives el
suicidio de todas las amantes que has destruido.
Te observo clavar la estaca sobre mi pecho como ha dictado la sentencia
y seguir tu camino,
como si nada
hubiese acontecido,
como si las
torres de tu vanidad hubiesen caído de nuevo
sin asombrar a
nadie.
¿Para qué buscar la respuesta a tu ausencia?
Las manecillas corren angustiadas, acosadas por el tiempo,
e
inmisericordes, tratan de arrancarme el alma,
para
resguardarse de las dunas de segundos descarriados,
incontrolables
y asfixiantes.
Eso me hace recordar que esta mañana
le pregunté al
frío si te vería de nuevo,
y enseguida
recordé que es inútil hacerlo
por que la
respuesta siempre es la misma:
¡Vuelve a
preguntar mañana!
01:01
[Silencio]
Guardas silencio y te descubro menos hábil que un imbécil.
Tus ojos divagan en muecas de torpeza;
tu sonrisa, ausente, se esconde pudorosa y mojigata.
Pregunto la causa y recibo otro silencio alargado,
diluido en
frenéticas horas de abundante ansiedad.
Tanto silencio me asusta.
Ojala pasara un halcón y té sacara la lengua.
Olvida los segundos y fantasmas del pasado,
¡Mándalos a la mierda!, de todos modos ya están muertos.
¿Cómo es que te recuerdas a ti mismo en todas mis historias?
Te conocí ayer, no antes.
¿Por qué te afligen entonces, los sudores y los olores de mi
gozo?
Si todos están
olvidados por mí.
Deja de levantar la mirada sin contestar a mis preguntas.
Dios no
existe.
No bajes los surcos de tu frente,
el
diablo nunca besa.
Deja las dudas y los
celos en el cajón de las copias del fax.
Aprisióname contra ti y
cerciórate de que
Yo, Sí Existo.
01:05
[Desahuciada]
Sentada en el banquillo,
convertida en
pieza de mármol para el ajedrez,
su lengua
soltó el diagnóstico...
Desahuciada dijo la
especialista, mientras sonreía como la burócrata lo hace con su jefe vitalicio.
Lo dijo con calma acostumbrada,
rítmica con la
música de Ray Conif en el conmutador
que sirve de sinfonola a la aburrida
terapeuta.
Recetó acupuntura, hipnotismo, yoga,
pastas
aderezadas con whisky o tequila,
kilos de
chocolate
y más horas
con Morfeo.
Le oía mientras fumaba yerba de olvido,
y pensé en el
maldito verdugo que me tortura,
con su sádica
sonrisa,
con su caricia
urticante...
Pensé en mi maldita adicción a ese cabroncete,
quien no deja
de reír mientras me azota contra las paredes de su locura
y me obliga a
usar su camisa de fuerza como vestido de bodas.
Recordé su rostro,
dejé de
escuchar a la especialista
y asentí con
la cabeza…